-Claro que sé que hacen daño- contestó. No supe qué decir, cosa que él pareció comprender y continuó explicándose, más no excusándose.
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Una de esas mañanas que se sienten cada vez más frías mientras transcurren. Esas en las que el sol le otorga claridad a todo, pero no calor. Tenía que ir a clase de programación estructurada en el centro de cómputo y el suéter del uniforme no iba a ser suficiente para librarme del frío del aire acondicionado. Antes de llegar a mi destino, me detuve frente al laboratorio de alimentos. Mire al piso, mis tenis gris y azul, la sucia correa de mi mochila, mis manos heladas dentro mis bolsillos.
[A la memoria de Juan Carlos Elías Luna "El Jordan"]
Autor: Luis Aguado.
Caminaba él con total tranquilidad por las calles centrales de la ciudad. Pensando en nada de vez en vez. Cruzando las calles que parecen vacías aún siendo tan temprano. Es de esperarse, el sofocante calor que se niega a ceder. Salvador Días Mirón, Juan de Dios Peza, Santos Degollado, Leandro Valle... avanza brincando calles de nombres que no significan nada para él. Algo llama entonces su atención: ¿No es aquella una hermosa aldaba suplicando ser aporreada? ¿No es ahí donde vive aquel anciano con su hijo?
Continúa caminando y sin pensarlo mucho llama a la puerta tres veces sin dejar de avanzar hasta escuchar la gran puerta abrirse ya lejos detrás de él. Voltea sobre su hombro y distingue de reojo dos siluetas fijas como roca. Sigue caminando hasta cambiar de acera en la esquina con intención de doblar a su izquierda en Ocampo.
Una sonrisa insensata se dibuja en su rostro como resultado su irracional travesura. Al llegar a la esquina contraria, mira de nuevo a la puerta. Reconoce entonces al anciano apoyado en un bastón de madera rojiza, mirándolo a los ojos; levanta la mirada para ver el rostro en el esbozo del que supone es el hijo, pero una repentina sensación de miedo invade su vientre.
Pareciera que las cuencas de sus ojos están vacías, más un instante antes de que el muro de la esquina bloqueara su visión, tuvo la impresión de ver un diminuto reflejo como de cristal en el aparente vacío.
Continúa su camino con la trémula sensación que deja el miedo en el cuerpo pensando con su malformado razonamiento. ¿Cómo es que voy a temer a ese par? Seguro pensaron que con eso me amedrentaron, como para que no lo haga de nuevo... pues entonces volveré mañana y les demostraré que no les temo.
La situación se dio nuevamente. Días Mirón, Juan de Dios Peza. La calle sin alma alguna a la vista le quemaba las suelas. En esta época del año en Cortazar, las calles que corren como el sol, se envuelven con un efecto visual: los atardeceres dorados de la semana Santa. Lacerantes, ardientes y hermosos. Pero él no les presta atención, solo piensa en su venganza.
Son las seis exactamente igual que ayer. Voy a demostrarles que no les temo, se dijo a si mismo al ver el reloj de su mano izquierda. Caminó hacia la puerta aprestando la mano para hacer sonar la aldaba tan fuerte como le fuera posible. El casi subliminal recuerdo de la espantosa imagen del día anterior, hizo fluir la adrenalina en su sangre, suficiente como para hacerlo titubear, no tanto como para hacerlo desistir.
Casi podía palpar el metal en sus dedos cuando de la nada sintió como su pecho era impactado en su centro por una fuerza tan descomunal que le hizo sentirse diminuto. La fuerza continuó presionándolo en su contundente movimiento, imprimiendo cierta inclinación descendente, tan rápido que no asimila lo que sucede, solo ve fugazmente las paredes a sus costados alejándose de él acelerados por la fuerza y no la gravedad. Finalmente su espalda golpea el concreto y todo se detiene.
Sus ojos están cerrados y sus oídos no perciben nada cuando un agudo dolor en el tórax le hace abrir los ojos: hay un hombre de corpulenta complexión con el puño izquierdo enterrado en su pecho hasta el omóplato. Hay además alguien de pie en el umbral de la puerta abierta, pero la confusión no le deja distinguir si es real o solo un pedazo de su memoria.
El dolor es monstruoso y siente saliva y lágrimas corriendo por su cara en iguales proporciones. El hombre con el puño al ras de la piel de su espalda y con la muñeca apretada entre sus destrozadas costillas permanece inmóvil con una rodilla al suelo y con la otra pegada al pecho en posición casi fetal. No puede moverse. Percibe con todos sus sentidos pero no emite respuesta alguna a las indescriptibles sensaciones que le embargan. Tan ajeno y tan en la sustancia de todo.
Un sonido le es familiar, muy familiar pero no sabe qué es. Es aire, articula para si mismo, es aire pero no soy yo. Lentamente el hombre que lo inmola respira y llena su pecho con aire mientras poco a poco se pone de pie. Durante el camino del hombre hacia arriba no logra distinguirle forma humana; es una masa negra con cambiantes contrastes y bordes adelgazándose para empujar hacia lo alto una blanca cabeza desprovista de cabello. El ascenso se detiene y deja ver las largas y gruesas extremidades de un hombre. Recorre con la mirada aquel cuerpo enfundado en negro desde los pies y al llegar a la cabeza baja de vuelta al pecho que se contrae con rapidez y deja escapar un indescriptible e inhumano alarido de creciente volumen. Siente su lánguido cuerpo estremecerse, no de miedo, sino por la fuerza de éste. Sus sentidos no le transmiten ahora nada. Ni siquiera dolor. Solo el más puro y angustiante terror.
El rugido aquel termina y escucha una voz de tono grave pero casi melodioso. Las palabras resuenan dentro de su cabeza sin señal de dar paso al silencio. Los sonidos rebotan y se distorsionan como una multitud vociferándole en los oídos cuando el silencio corta de tajo todo aquello y recobra conciencia de lo que queda de su ser. Hay una soga atada a sus tobillos que lo mantiene suspendido en el aire sobre la acera, pendiendo muy cerca del umbral.
La sangre que de sus heridas brota le escurre por el cuello, cubre su rostro y se apelmaza en su cabello para caer al suelo por un hilo continuo de una tonalidad oscura, no rojiza. Pero su vista lo engaña de nuevo y la oscura visión de las siluetas se le presenta igual que antes, vívidamente como la primera vez y la esperanza le surge de las entrañas. Añora ese momento, no de alegría o de gloria, solo un momento y nada más. Cuan apreciado es ahora ese instante que tan poco relevante fue cuando sucedió. Que malagradecido fui, piensa apenas el casi cadáver.
Sin embargo, la imagen de las siluetas no coincide con la posición que su cuerpo parece tener pero no termina de prestarle atención pues mira con terror como el contorno del anciano se revuelve y muta en convulsiones visuales solo para recobrar su forma humana muy cerca de él. A pesar de la distancia, no le distingue rasgo alguno. Es solo una sombra sin profundidad. Emoción e inminencia lo invaden mientras escucha la voz del anciano.
“Observa, aprecia y aprehende el conocimiento.”
La voz se desvanece junto con todo lo visible y perceptible y siente como si la nada en sus sentidos fuera poco a poco reemplazada por la de si mismo caminando por la acera otra vez. Son las seis exactamente igual que ayer. Voy a demostrarles que no les temo, pensaba.
Caminó, aprestó la mano cuando una contundente descarga de adrenalina le hizo revivir en un segundo el brutal episodio que desde su pasado se avecinaba. Reaccionó en un veloz y ligero movimiento corporal que lo hizo pegar la espalda a la puerta con los brazos extendidos y las palmas al frente. Entonces vio como el descomunal sujeto de negro pasaba caminando frente a él con el mismo ímpetu con que le despedazó el pecho antes.
Cuando se disponía a pensar en aquel hecho tan alejado de la realidad y del tiempo que viven los hombres, su espalda perdió el apoyo más bien psicológico de la puerta a sus espaldas. Giró y una vez más, la onírica imagen de las oscuras siluetas estaba ante él. El estupor lo inundó mientras daba tambaleantes pasos en retroceso cuando miró su brazo izquierdo: Son las seis exactamente… Su cuerpo perdió rigidez y se desplomó girando para no caer de bruces al suelo. Su mente dejó de hacer juicio alguno y finalmente comenzó a entender. Ya nada era real más allá de lo que él quisiera aceptar. Se levantó, cruzó la calle y por la acera se encaminó en completo silencio hasta su casa, Ocampo, Victoria, Allende… disfrutando y analizando cada fracción de segundo que transcurría a su paso.
Autor: Luis Aguado.
En realidad, el que lo cuente no hace que mi pecho descanse, pero ya no puedo hacer nada más. El cuchillo descansa ahora en un cajón del mueble de la vajilla. Un hombre descansa en una tumba grande, probablemente más grande que la casa en la que creció. Mi madre descansa en su cripta familiar soñando con santos y dulces y esas cosas de las que no le gustaba hablar, pero sé que le llenaban la cabeza más de lo que a ella le hubiera gustado admitir. Todos descansan, menos yo.
Había sido un día bueno, muchos señores pasaron a bolearse los zapatos conmigo y antes de que el sol me robara la sombra al pasar de su cenit, traía en la bolsa casi el doble de lo que el día anterior había hecho. -Por hoy ya estuvo bueno, pensé y me encaminé a casa.
Olía a chiles asados desde antes de abrir la puerta y desde la entrada vi a mi mamá moviendo ollas y revolviendo cazuelas en la cocina. Ahora que lo medito, cada que pienso en mi mamá, la veo recortada contra el brillo de la luz del patio, ahí frente a la estufa. Alzando la mirada para reconocerme y seguir haciendo lo suyo. Todavía a mis años, a veces llego a la casa y levanto la mirada al entrar añorando verla.
- Ya vine mamá. - Dejé mi cajón de bolero junto al silloncito de la antesala y el sombrero sobre el perchero.
- Día muy bueno o muy malo de seguro, que no está ni lista la comida y ya tienes el cajón guardado. - Decía sin despegar los ojos de lo que hacía.
- Muy bueno, bendito sea dios. - Le besé la mano que estaba caliente como siempre. Como si hirviera ella antes que la comida misma.
- Bendito sea dios y que es Lunes y hay mucho ranchero queriéndose ver como gente decente.
A mi madre no le gustaban los rancheros, tampoco a mi, pero mientras sus monedas trajeran águila, por mi estaba bien.
- ¿Quiere que le ayude en algo mamá? - Yo ya sabía la respuesta, pero mis preguntas nunca se quedaron calladas. Mañas mías, decía ella.
- Ve al patio y bájame unas naranjas para hacer una sangría.
- Sí mamá. – “Un hombre en la cocina, nomás estorba” decía ella. Y mejor me mandaba a hacer lo que sabía y hasta disfrutaba. No me lo decía tal cual, pero es por eso que sé que me quería. Esas son las personas que más te quieren, las que no te lo dicen con palabras.
El patio fue siempre el último resguardo que tenía yo del ruido de la calle. Aún siendo Cortazar tan pequeño como es ahora, y siendo todavía más pequeño cuando era yo niño, el ruido en el jardín siempre ha estado ahí. El patio se ubicaba al fondo de la casa, que aunque estuviera en uno de los portales, estuvo siempre lo suficientemente alejado del frente como para que cerraras la puerta, te sentaras en el tejaban trasero y pudieras jurar que este pueblo estaba vacío de gente. Solo las naranjas agrias, los limones, las limas, los geranios y cartones. Mi patio, flanqueado por bardas de más de seis metros de alto, estaba techado por el pedazo de cielo más bonito que vas a ver nunca.
Apoyé la escalera junto a la primer naranja y antes de que pudiera tomar una, me dí cuenta de que estaba muy tupida porque no la había podado en un buen rato. Ya le tocaba y no pude pensar en mejor momento que entonces para hacerlo. Bajé e iba rumbo a jalar el machetito que usaba para la labor, cuando justo sobre el lavadero de granito gris verdoso vi que estaba un cuchillo largo, descaradamente tirándole al medio metro. Lo tomé por el mango y lo primero que dije para mi mismo fue
- Con este sí atraviesas un cristiano... - Lo que son las cosas.
La hoja era delgada y muy puntiaguda. Bastante angosta respecto al largo total, apenas de una pulgada al llegar al mango que era de una especie de resina negra, opaca. El metal tenía un remate al final de la empuñadura que dejaba ver que todo era una sola pieza. A pesar de lo delgado, tenía un peso que nada le pedía al machetito así que en cuanto sentí su peso y balance en la mano, me trepé de regreso y empecé a podar la primer naranja.
Las ramitas caían casi sin oponerse al filo y empecé a aventar naranjas para abajo. Me acomodé el cuchillo en el cinturón, por la espalda e inclinado, como los bandidos, pensé. Bajé y le dí trato al otro árbol. Terminé y eché la fruta en una cubetita de aluminio que había para eso y fui de regreso a la cocina con el cuchillo fajado. Mi mamá estaba limpiando frijol en la mesa con la luz de la ventana del patio iluminándole la mesa, así que le dejé la fruta sobre el trinchador frente a ella.
- Ahí le dejo las naranjas, mamá. Voy a aprovechar para darle una tumbadita al limón y a la lima ahorita que ya no tengo el sol encima de este lado, dije y me enfilé de regreso.
- ¡A ver Perico! - Grito mi madre y en el acto me quedé quietecito quietecito. Como cuando vas a matar a un conejo y ya él ya sabe y así se queda: quietecito quietecito. - ¡Ven para acá!, remató. Me di la vuelta y me acerqué a su lado.
Me sacó el cuchillo de la espalda y lo puso sobre la mesa, en la orilla, sin soltarlo del todo.
- ¿Por qué andas agarrando lo que no es tuyo?
- Dispénseme, mamá. Es que lo vi y pensé...
- Tú siempre dices que piensas, pero no piensas nomás haces. Ay Pedro…
No entendía nada. Mi mamá me regañaba siempre de manera justa, nunca tuve duda de ello. Pero que me regañara porque había agarrado con qué hacer lo que era mi tarea de la casa (el patio en general era mi obligación), no entraba en esa equidad que ella siempre llevó en una mano. Porque en la otra, llevaba un cinturón. Respeto y temor por partes iguales.
- Ese cuchillo, me lo encontré en la mañana que fui por el atole. Venía ya de regreso y acá a la vuelta, antes de llegar a la Hidalgo, estaba tirado juntito a la banqueta. Me llamó la atención, lo agarré y vi que no estaba doblado ni nada. Voltee para todos lados pero no había nadie a quién preguntarle. Peor, en esa calle ni casas hay. Entonces me lo guardé en el rebozo y me lo traje porque me gustó como para usarlo cuando hay que matar un animal. Lo enjuagué porque tenía tierra, eso sí, y lo dejé donde lo encontraste. Y tú lo agarras y te pones a achatarlo con las pobres naranjas agrias.
Una navaja con mella no sirve para matar un animal. Tardan en morirse como cuando les tienes lástima. Este tiene buen tajo y vas a ver que ni ruido ni sufrimiento. Ni para el animal ni para uno.
Lo dicho, mi madre era todo ecuanimidad. Además, ella sentía con las manos igual que yo y seguro lo agarró y percibió lo mismo que yo cuando lo empuñé. Y es que a veces, cuando afianzas algo, notas que trae mucha intensión guardada. Mucha voluntad ya sea de hacerlo, de guardarlo, de usarlo ¡qué sé yo! Como que hasta pesan más las cosas.
- Si vas a desmelenarme los árboles, - dijo - agárrate el machetito que para eso está y déjame el cuchillo en su lugar.
Lo tomó por la hoja y me extendió el mango con cuidado y sin dejar de verme a los ojos.
- Cuando termines, si quieres, mejor asiéntale el filo y guárdalo en el cajón de abajo del trinchador, que está muy grande como para tenerlo a la mano así nomás.
- Sí mamá. - Salí cuchillo en mano y lo dejé sobre el lavadero otra vez. Tomé mi machete y terminé lo que tenía que hacer.
Luego de comer me senté en el portalito trasero para asentarle el filo. Poco a poco y en el mismo sentido como debe ser. Me di cuenta de que no era mi mal tanteo, del mango a la punta de la hoja medía cuarenta y cinco centímetros. Treinta de hoja y quince del pomo al remate de la empuñadura daban el total. Mi madre tenía razón, no era herramienta de jardinería, era herramienta de carnicería.
Al otro día ya en mi faena de bolero, no pude evitar escuchar la plática entre dos hombres de mocasín, de esas tantas que uno escucha en una profesión como esa. Pláticas de risas despreocupadas y sin más peso que el aire que atraviesan. Solo que esta vez, sentí como se me caían las rodillas a los tobillos de tanto que sentí que los huesos se me aflojaban:
- ¿Sí supiste, vale? Ayer mataron un hombre, lo apuñalaron. Dicen que se desangró y nadie lo escuchó
- Ah, sí supe algo. Pero ¿qué no le habían dado un balazo?
- ¡Nombre! Mira, lo encontraron acá a tres cuadras, sobre la Hidalgo, antes de llegar a la acequia.
- Ándele, entonces sí es ese. Lo robaron, eso sabía yo. Y no ha de haber sido de aquí porque como nadie lo reclamó, terminó en la fosa común…
Luego supe bien que pasó. Lo encontraron boca arriba y con los ojos abiertos. Solo los becerros deben haberlo escuchado retorcerse porque ya más al oriente Cortazar no era más que establos, carrizos y meados de vaca. Pensaron que le habían pegado un plomazo, porque en el estómago solo se le veía una marca de sangre en la camisa, pero traía otra herida en la espalda, por la que se desangró. Ya cuando lo revisó la policía, vieron que no podía ser un orificio de bala. Estaba recto de los dos lados y no hallaron ni bala ni fogonazo en ninguna parte. Se ocupaba una hoja larga y firme para hacer algo así.
Yo me quedé callado y acabé de bolearle los zapatos al señor sin levantar la mirada más allá del piso. No quería verle la cara. No quería recordarlo. Terminé el día en silencio. Al final, la boca me sabía como a sangre pero sé que no era sangre, era solo la mente que no me dejaba en paz y que nunca terminó de dejarme en paz. Ninguna de las veces que le cortamos el cuello a un chivo. Ni cuando murió mi madre y enterré el cuchillo en un costado del patio. Solo para ver si así, también yo podía descansar... y ya ves que no.